8/1/08

**ETICA, CIENCIA Y PEDAGOGIA**



Justo Soto Castellanos [1]
Filósofo colombiano
jusoc_1@hotmail.com
Ética, ciencia y pedagogía
octubre de 2006
Resumen
El presente discurso parte de una constatación básica que se produce en las aulas de clase de muchas de nuestras instituciones académicas, especialmente de algunas de educación superior, luego, se aborda el problema tratando de definir algunos conceptos que son básicos para realizar una aproximación adecuada a la discusión, para, posteriormente llegar al concepto “fundante” de la actividad científica, cual es el de la objetividad y desde allí revisar la relación que existe entre la ciencia y la sociedad que la produce, así como a otear en la ciencia, sus productos, su utilización y los valores que orientan esta actividad.
Se terminará el recorrido planteando el interrogante de si lo que se propone no es una nueva forma de antropocentrismo, el cual ya fue abandonado por la ciencia, y se intentará responder a esta posible objeción barruntando el acerbo adquirido a través del camino recorrido, para finalizar presentando una pequeña conclusión que recoja la idea fundamental en cuanto a la relación existente entre ética, ciencia y pedagogía.
Palabras clave:
Ética, ciencia, pedagogía, objetividad, valores, sociedad, antropocentrismo, andróptica, paradigma, supuestos, sujeto cognoscente, investigación, corpus científico, teoría, experiencia, razón, praxis, dialéctica, falsación, conjeturas, formalización, verificación, crítica, juicios de valor, juicios de hecho, tolerancia, honestidad, humildad, verdad, responsabilidad, esperanza.
1. El problema
La discusión acerca de la relación existente entre la ética, la ciencia y la pedagogía, lejos de estar zanjada, continúa y es de gran actualidad. En nuestros centros educativos, especialmente los de educación superior, encontramos, con no poca frecuencia, actitudes de docentes muy calificados que simplemente ignoran los problemas éticos que las ciencias plantean y esta actitud, fruto de determinados hábitos intelectuales, se transmite a los alumnos quienes la asumen y con ellas creen seguir coherentemente a sus maestros.
El problema no nace de ahora, esta es una posición aparentemente connatural a la actitud científica positiva, ya que ella, de entrada, pretende ser “objetiva” y por ello, desde un primer momento, debe renunciar a la subjetividad y a los llamados “juicios de valor” propios del campo ético.
La pretensión con que se parte en las ciencias positivas, en el llamado conocimiento objetivo (de ob – jectum, lo que yace frente a lo ojos), es realizar lo denominados “juicios de hecho”, con los cuales se pretende que el “sujeto cognoscente” puede conocer el objeto como si no lo conociera, ver el objeto como si no lo viera, tenerlo en la conciencia como si no lo tuviera.
“La ciencia, en la concepción clásica que rige todavía en nuestros días pone en disyunción por principio hecho y valor, es decir, elimina de su seno toda competencia ética, funda su postulado de objetividad en la eliminación del sujeto del conocimiento científico”
[2]. De ahí que el punto de partida de la pretensión del conocimiento objetivo se constituye en el punto de partida del problema de la relación entre la ciencia y la ética, y la ética y la ciencia.
2. Conceptos fundamentales
Para abordar coherentemente esta problemática es necesario iniciar aclarando qué es la ciencia, luego aproximarnos a la ética y mirar si es posible encontrar puentes, vías de comunicación a través de las cuales la ciencia y la ética, y la ética y la ciencia, para decirlo en términos de Morin, inter-retro-actúen, todo esto enmarcado en la actividad pedagógica.
La “ciencia” que, para Mario Bunge, “puede caracterizarse como conocimiento racional, sistemático, verificable y por consiguiente falible”
[3], ha sido un indudable aporte a la humanidad de la humanidad misma. Es un trabajo que reúne generaciones, las cuales construyen sobre lo que sus predecesores han dejado, tanto de aciertos como de errores. En ella nada es absoluto, “su única verdad sagrada es que no existen verdades sagradas”[4]. En ella todo es criticado, todo es puesto a prueba, las verdades sustentadas por fuerza de la autoridad no tienen validez. Todo lo que se acepta como válido es porque ha triunfado en una especie de lucha de las ideas, en la que, al igual que en el planteamiento de Darwin, prevalecen las tesis más aptas.
La ciencia procede mediante conjeturas, según lo afirmara Karl Popper, sin embargo, tiene un alto componente de formalización que en la medida de lo posible busca la verificación, o por lo menos la coherencia lógica. Ella parte de supuestos, los cuales la hacen posible, entre ellos, según Karl Jaspers, se encuentran, la razón misma, la propia existencia de la ciencia, la elección del objeto de la ciencia y por último la conducción de la ciencia por medio de las ideas
[5].
La ciencia se desarrolla mediante cambios de “paradigmas”, cambios de modelos, de valores y de prácticas, como lo viera Thomas Kuhn, los cuales son procesos similares a las revoluciones políticas que suceden en las sociedades humanas
[6].
La ciencia es una unión difícil y compleja de teoría y experiencia y de experiencia y teoría, ella contiene una dialéctica en permanente movimiento promovida por la “investigación” que se convierte en el auténtico motor que forma, conforma, reconforma y transforma la idea y el “corpus” de lo que en un momento determinado de la historia un grupo humano, un colectivo, una sociedad, denomina ciencia.
De otra parte... ¿Qué se entiende por ética? Recordemos que la expresión castellana ética procede del griego “ethos”, que posee dos grafías; una de ellas con eta y hace referencia a la costumbre y por extensión al carácter, a la forma de ser de una persona. Otra con “épsilon”, denomina el lugar que habita, donde se desarrolla un ser vivo. Sin embargo, tratando de hacer una síntesis entre las dos acepciones, en términos generales, podemos entender la ética como la reflexión acerca de los fundamentos morales del comportamiento humano, de las máximas que lo orientan, de los criterios que sirven de guía para calificar una acción humana como buena o mala, de su validez que, a larga, modifica el habitáculo, la morada, el mundo del ser humano y al decir esto, se hace referencia tanto al sociosistema como al ecosistema.
En este sentido y haciendo una confrontación provisional de los dos conceptos, antes aludidos, ya se podrá observar que la ciencia es un producto social-individual que es producido por la sociedad, la cultura y re-produce a la sociedad y su cultura y a la condición humana
[7], considerada ésta desde la perspectiva social, individual y de la especie. Desde esta “poliperspectiva” ¿Podríamos pensar que la ciencia no está relacionada con la ética? Es más ¿Habrá un campo de la acción humana que escape a la ética?
Por último, desde el punto de vista de la pedagogía, de la enseñanza, de la transmisión, de la entrega y de la generación de los conocimientos entre los seres humanos, es necesario recordar la discusión acerca de la incidencia de los valores en la educación, y la posición de los educadores frente a éstos, en Melburne, Australia en 1988, se llegó, entre otras, a la siguiente conclusión: “Como toda enseñanza implica valores, ya sea en forma consciente o inconsciente, se deniega el concepto de la neutralidad del docente. Incluso si ésta fuese posible, sería en detrimento del progreso de los estudiantes dado que los dejaría vulnerables en un mundo colmado de valores en el que viven”
[8].
Ahora, vamos a revisar algunos conceptos claves para la ciencia y cómo estos se sustentan, muchas veces sin que los científicos y profesores de ciencia lo tengan claro, en una base ética.
3. La Objetividad
En diversos contextos se ha afirmado que las ciencias positivas son un conjunto de conocimientos humanos cuya característica fundamental es el “deseo de objetividad”, es decir, el deseo de “captar el objeto tal cual es”. Pero, como ya se ha entrevisto, este deseo no es más que eso, ya que todo conocimiento es una relación entre un sujeto que conoce y un objeto conocido, todo conocimiento es un conocimiento “subjetivo” en el sentido en que es un conocimiento de un sujeto. El conocimiento no existe aislado, aparte del sujeto que conoce.
La pretensión de la llamada ciencia clásica fue obtener el conocimiento seguro e indubitable y para ello intentó suprimir al sujeto que, según su ingenua suposición, era la causa, la razón de la falibilidad del conocimiento, pero en la medida en que se profundizó en la más fáctica de las ciencias, la física, los científicos se dieron cuenta que “la facticidad” se escapó -entendiendo ésta como hechos tangibles-, y se encontró con una serie de relaciones en las cuales el sujeto condiciona el objeto y lo hace posible
[9]. De ahí que, en este contexto, afirma Jacob Bronowski: “uno de los propósitos de las ciencias físicas ha sido el proporcionar una imagen exacta del mundo material. (Y) Uno de los logros de la física del siglo XX ha sido el probar que tal meta es inasequible”[10].
De otra parte, algunos científicos se percataron que todo conocimiento humano, como quehacer del hombre, implica una opción ética, sea ésta consciente o inconsciente. La objetividad misma lo implica, ella lleva como “su-puesto”, es decir, puesto debajo, puesto desde antes, una decisión ética de fondo que aun cuando no es evidente, es la base del edificio científico y lo importante de la base, es que es aquello que en ocasiones no se ve pero que hace posible todo lo que se ve.
Jacques Monod, premio Nóbel en los años setenta, haciendo una reflexión epistemológica sobre su quehacer, la biología molecular, llega a la axiología de la ciencia y se percata del problema de la “objetividad” y afirma en uno de sus escritos mas conocidos, El azar y la necesidad, que: “Mas (y éste es el punto esencial, la articulación lógica que asocia, en la raíz, conocimiento y valores) esta prohibición, este <> que funda el conocimiento objetivo, no es en sí mismo y no sabría ser objetivo: es una regla moral, una disciplina. El conocimiento verdadero ignora los valores, pero hace falta para fundamentarlo un juicio, o más bien un axioma de valor. Es evidente que el plantear el postulado de objetividad como condición del conocimiento verdadero constituye una elección ética y no un juicio de conocimiento, ya que, según el mismo postulado, no podía haber conocimiento <> con anterioridad a esta elección arbitraria. El postulado de objetividad, para establecer la norma del conocimiento, define un valor que es el mismo conocimiento objetivo. Aceptar el postulado de objetividad, es pues enunciar la proposición de base de una ética: la ética del conocimiento
[11].
4. Ciencia y Sociedad
Otro de los aportes que abre nuevas perspectivas a la reflexión sobre la relación entre la ética y la ciencia, y la ciencia y la ética, y por ahí la enseñanza de las dos, es la que realiza la Escuela de Frankfurt. Con ellos, Horkheimer, Adorno, Marcuse, entre otros, por nombrar sólo algunos de los representantes de la llamada primera generación, la reflexión en torno a la ciencia efectuó un viraje que abarca no sólo el hecho científico y la ciencia en su conjunto sino que a ésta la incrusta en el contexto de una “praxis social” predominante. Ya que, según afirmación de Horkheimer el teórico crítico “es aquel teórico cuya única preocupación consiste en un desarrollo que lleve a una sociedad sin explotación”. En este sentido, el objetivo de la teoría crítica como crítica de la sociedad, es que “persigue de modo plenamente consiente un interés por la organización racional de la actividad humana”
[12].
La teoría crítica, en la formulación de Horkheimer es una concepción dialéctica en la cual se ejerce una crítica a la ciencia como expresión de una racionalidad amputada, deshumanizante, concreción de una sociedad industrial inhumana y alienante; pero esta crítica se hace con una razón abierta, crítica consigo misma, es decir, autocrítica, que percibe los límites de la razón instrumental en aras de un hombre libre, creativo, armonioso en interrelación con la sociedad, una sociedad abierta, autocrítica, democrática, no opresiva.
En la sociedad industrializada avanzada del mundo de hoy, según otro de los representantes de “La Escuela”, Hebert Marcuse, se presenta, se desarrolla y se promueve una ciencia en la cual se suscita el triunfo del “pensamiento unidimensional”, es decir, el triunfo “del pensamiento positivo” que en última instancia avala, promueve y consolida el sistema social imperante, la racionalidad tecnológica y la lógica de la dominación produciendo un verdadero “cierre del universo del discurso”, así como el “cierre del universo político”
[13], por esto la ciencia y la tecnología siempre se hacen sospechosas de ser una ideología[14].
En el triunfo del pensamiento positivo, es decir, en el triunfo de la filosofía unidimensional, el discurso filosófico científico no hace más que enunciar y dar por sentado las cosas tal cual son, aceptando ese estado de cosas, de ahí que el análisis se reduce a las cuestiones gramaticales, lingüísticas. “En suma, el análisis lingüístico no puede alcanzar otra exactitud empírica que la que extrae la gente del estado de cosas dado y no puede alcanzar otra claridad que la que se le permite dentro de este estado de cosas; esto es, dentro de los límites del discurso mistificado y engañoso”
[15].
En 1961, “La Sociedad Alemana de Sociología” realizó, en la ciudad de Tubinga, un congreso consagrado al tema “Lógica de las Ciencias Sociales”. En ese congreso las más importantes intervenciones estuvieron a cargo de Karl Popper y T. W. Adorno. En la ponencia realizada por Popper, éste insistió en su idea, propuesta en otras ocasiones, de la unidad del método tanto en las ciencias naturales como en las ciencias sociales, y en su planteamiento de que en las ciencias sólo se producen “conjeturas” que buscan solucionar los problemas planteados y que están sometidos, como todo en las ciencias, al proceso de “falsación” mediante la crítica, de ahí que la objetividad en las ciencias “equivale a la controlabilidad o falsabilidad”, que en las teorías científicas se presenta como un asunto público.
Frente a la propuesta de Karl Popper, Theodoro Adorno plantea una serie de objeciones que amplían el problema de la ciencia al problema de la sociedad. En ese sentido el conocimiento para Adorno debe dar cuenta del conjunto del fenómeno social que es la ciencia entendida dialécticamente, es decir, entendida dentro del contexto de las contradicciones de las cuales surge y las cuales refleja.
Frente a Popper, quien piensa que el problema de la ciencia es un asunto eminentemente epistemológico, Adorno afirma que el asunto va mucho más allá, que la cuestión es un asunto que tiene que ver con lo práctico, “en último término una circunstancia problemática del mundo”
[16]. Por esto, al reflexionar sobre el método encuentra que ni tan siquiera en la sociedad son “los hechos” lo último, la base fundamental de la ciencia misma sobre los cuales se levanta todo el conocimiento, ya que la idea de estos hechos está mediada por la misma sociedad. De ahí que critica y refuta la posición del “racionalismo crítico” partiendo de la constatación de que no hay posibilidad de un experimento para comprobar la dependencia de un fenómeno social, en el caso aquí analizado la ciencia, con referencia a la totalidad. Esa totalidad no podrá ser captada a través de los métodos particulares. Adorno encuentra que Popper, a pesar de su diferencia con Hegel, está, en este punto, muy cerca de éste cuando pensaba abarcar el absoluto con su sistema, algo similar hace aquel “en la medida en que identifica la objetividad de la ciencia convierte a ésta en el órgano de la verdad”[17].
Adorno y Popper podrían coincidir en la posición crítica, uno “racionalismo crítico”, otro “escuela crítica”. Pero la crítica de Popper es una crítica que parte de los hechos, no los cuestiona, los respeta como condición del pensamiento científico, son su punto de partida, mientras que la crítica de Adorno critica a esos mismos hechos y busca las contradicciones que subyacen a dichos hechos, es decir, la crítica de Adorno va más allá del problema formal y aborda el problema material de las condiciones sociales en las que se ejerce la crítica misma.
5. La Ciencia, sus Productos y su Utilización
Es indudable que los productos de la ciencia han mejorado nuestra forma de vivir, es más, ha alargado nuestra propia vida, es por eso que para Carl Sagan la ciencia es “lo más preciado”, pero ella, vista en la perspectiva de la totalidad del “Cosmos” es, en consonancia con Einstein, “primitiva e infantil”. Y es lo más preciado porque ha ayudado a los hombres a mejorar su calidad de vida y dentro de ésta ha aumentado la longevidad de los seres humanos. Afirma Sagan que: “en la época preagrícola, de cazadores-recolectores, la expectativa de vida humana era de 20 a 30 años, la misma que en Europa Occidental a finales de época romana medieval. La media no ascendió a 40 años hasta alrededor del año 1870, llegó a 50 en 1915, 60 en 1930, 70 en 1955 y hoy se acerca a 80 (un poco más para las mujeres, un poco menos para los hombres). El resto del mundo sigue los pasos del incremento europeo de la longevidad”. Y se pregunta “¿Cuál es la causa de esta transición humanitaria asombrosa sin precedentes? La teoría del germen como causante de la enfermedad, las medidas de salud pública, las medicinas y la tecnología médica”
[18].
Los productos de la ciencia han revolucionado la forma de comunicarnos y con ello la forma de autoentendernos produciendo una verdadera planetarización, como lo viera Teilhard de Chardin a principios del siglo XX, pero junto a esto nuestra capacidad de autodestruirnos ha crecido de una manera nunca imaginada ni aun por los más bárbaros tiranos que en la historia de la humanidad han desfilado.
Algunos afirman que gracias a la ciencia estamos “al filo de la navaja” o que la espada de Damocles pende de un delgado hilo, que en cualquier momento podría romperse y caer sobre la humanidad. Es más, en más de una ocasión se ha planteado que el conocimiento científico ha puesto al hombre “ad portas” de su propia destrucción, esto es cierto, pero sólo en parte, ya que realmente lo que ha puesto en peligro a la humanidad no es el conocimiento sino la opción ética fundamental y fundamentante que está a la base del conocimiento humano y que hace de éste no más que un instrumento utilizable tanto para el bien como para el mal de la humanidad.
En Auschwitz, por ejemplo, murieron más de tres millones de seres humanos judíos, cuya única culpa era ser fieles a su ser, es decir, ser judíos. “Y esto no fue obra del gas. Fue obra de la arrogancia. Fue obra del dogma. Fue obra de la ignorancia. Cuando la gente se cree poseedora de un conocimiento absoluto, sin pruebas de la realidad tal es su comportamiento. Todo ello sucede cuando los hombres aspiran al conocimiento de los dioses”
[19].
6. Los Valores de la Ciencia
La ciencia supone e implica unos valores, estos son inherentes a la misma actividad científica y estos valores, en la actividad educativa, deben ser enseñados tanto implícitamente, en eso que se ha llamado “el currículo oculto”, como explícitamente, en la práctica académica, como ejercicio mismo de la actividad axiológico-científica.
El primer valor que sobresale en la ciencia es el valor de la tolerancia, y se manifiesta en la capacidad de ver en la opinión contraria no al enemigo que pretende eliminarme sino la tesis equivocada que es necesario superar, refutar, con argumentos válidos, con razones y pruebas consistentes. La ciencia avanza mediante la confrontación de las ideas, con la discusión, con el debate.
De ahí que otro valor importante en la ciencia es la honestidad, la cual le exige al investigador científico abandonar las ideas más queridas si éstas no se adecuan a la realidad, aun cuando sean ideas que durante mucho tiempo han sido promovidas o propugnadas por quien realiza la investigación científica.
El otro valor fundamental, en estrecha relación con los anteriores, es el valor de la humildad, ésta lleva al científico a reconocer que sus conocimientos son humanos, falibles y que no puede pretender un conocimiento absoluto, que la ciencia progresa con la identificación de los errores, que la misma posee siempre un margen de error y que su papel es disminuir ese margen permanentemente. La ciencia moderna nace con la constatación de la duda que puede afectar a todo el edificio del conocimiento humano
[20].
El valor supremo de la ciencia es la búsqueda de la verdad -pero se hace necesario recalcar que es la búsqueda no la posesión-, que en última instancia debe tener como principio, camino y fin al ser humano, no en el sentido de que debe encontrar una verdad que le guste o le agrade a los seres humanos, una variedad de “antropomensura” -la verdad siempre le convendrá al ser humano como especie-, sino en el sentido de que toda su actividad ha de servir, en última instancia, para entender mejor la condición humana, el sociosistema y el ecosistema -de los cuales cada individuo es fruto, con los cuales interactúa- y en general, al cosmos en que habita y del que forma parte, todo ello encaminado a preservar su vida y la vida de la especie.
De ahí se deriva otro valor no menos importante y es el de la responsabilidad, valor que compromete al científico con la utilización de su investigación o creación. El científico no puede ser ajeno a la utilización de sus logros. Él es un científico, una forma de ser “Ser humano”. Un ser humano que en determinado momento se convierte en un representante, delegado plenipotenciario de la especie, quien con su decisión apuesta el pasado, el presente y el futuro del hombre.
Y al afirmar lo anterior vemos cómo se abre la visión de otro valor esencial para el ser humano y es la esperanza, sin la cual la vida pierde sentido, se convierte en una existencia inane, vacía, condenada al eterno presente que no tiene conciencia de que es presente. La ciencia abre las puertas para un futuro mejor, tanto a nivel personal, individual como social, más humano en donde el desarrollo integral, pluridimensional e integrado es posible. De ahí que sea necesario realizar una verdadera “ciencia con consciencia”
[21]. Una ciencia que sea consciente de sus posibilidades y su dinamismo así como de sus límites.
“Los valores de la ciencia y los de la democracia son concordantes, en muchos casos indistinguibles. La ciencia y la democracia empezaron –en sus encarnaciones civilizadas- en el mismo tiempo y lugar en los siglos VII y VI a. C. en Grecia. La ciencia confiere poder a todo aquel que se tome la molestia de estudiarla (aunque sistemáticamente se ha impedido a demasiados). La ciencia prospera con el libre intercambio de ideas y ciertamente lo requiere; sus valores son antitéticos al secreto. La ciencia no posee posiciones ventajosas o privilegios especiales. Tanto la ciencia como la democracia alientan opiniones poco convencionales y un vivo debate. Ambas exigen raciocinio suficiente, argumentos coherentes, niveles rigurosos de prueba y honestidad. La ciencia es una manera de ponerles las cartas boca arriba a los que se las dan de conocedores. Es un bastión contra el misticismo, contra la superstición, contra la religión aplicada erróneamente”
[22].
7. ¿Antropocentrismo?
Es claro que el hombre no es el centro del universo, como podría parecer al plantear al ser humano como valor supremo del conocimiento científico. Nicolás Copérnico, el monje polaco, a mediados del siglo XVI, se encargó de sacarnos del sueño que había durado muchos siglos. Más adelante la astronomía no solo confirmó a Copérnico sino que nos llevó más allá, por ese camino y mostró que somos habitantes de un pequeño planeta ubicado en uno de los extremos de una galaxia, cuyo nombre se debe a una antigua creencia que identificaba la galaxia en que nos hayamos con la leche derramada por la diosa Hera, esposa de Zeus.
En el siglo que terminó las pruebas fueron contundentes, ya no sólo se descubrió que vivimos en una apartada región de una galaxia que posee más estrellas que seres humanos nuestro planeta sino que existen más galaxias que estrellas en la vía láctea ¿Cómo se podría afirmar que el ser humano es el centro? Es indudable, en este sentido, tal pretensión sería absurda
[23].
Pero la ciencia es antropocéntrica en una acepción distinta. No es el ser humano el centro del universo, es cierto, pero todo lo que vemos lo vemos desde nuestra perspectiva. No podemos arrancarnos nuestra propia piel y presumir que vemos como si no viéramos. En este sentido la ciencia como conocimiento elaborado por seres humanos tiene como centro al ser humano y debe estar al servicio del hombre; de ahí que también se podría afirmar que la ciencia es “andróptica”, adopta siempre la perspectiva humana, los valores humanos, tanto en su realización como en su comunicación, es conocimiento del ser humano así sea, lamentablemente en diversas ocasiones, utilizado contra el hombre.
8. Conclusión
Todo conocimiento humano parte de la condición humana y asume los valores de los seres humanos. Esto se manifiesta en conceptos, aparentemente tan alejados de las ciencias del hombre, en los que se pueden realizar análisis biológicos, químicos o físicos diversos, tales como el de “contaminación ambiental”. A pesar de los elementos que lo integran y de su misma prosapia, lleva implícita una perspectiva humana, a tal grado que James Lovelock, químico atmosférico, propugnador de la idea de la tierra como un sistema vivo que se auto regula, Gaia, afirma que es inevitable, “el concepto mismo de contaminación es antropocéntrico; (éste concepto) quizá sea incluso irrelevante en el contexto de Gaia”
[24].
La ciencia es una actividad humana y no debe ambicionar más, por eso su relación con la ética y la pedagogía es profunda, consustancial. Ella expresa una forma de conocer, de ser del hombre, visto éste desde una perspectiva de la especie, de la sociedad y del individuo ¡He ahí su grandeza! ¡He ahí su valor! ¡He ahí su destino! No debe pretender más, pero tampoco menos, si quiere seguir siendo fiel a sí misma.
Notas
[1] El autor es Filósofo, Licenciado en Filosofía y Letras, Especialista en Pedagogía, Magíster en filosofía y está preparando su tesis doctoral sobre la dialéctica y la complejidad. Ha sido profesor de las Universidades de La Salle, Libre, Santo Tomás y otras de Bogotá.
[2] MORIN, Edgar; La responsabilidad del investigador ante la sociedad y el hombre, en Ciencia con conciencia, Barcelona, Ánthropos, p.87
[3] BUNGE, Mario; La ciencia su método y su filosofía, B. Aires, Argentina, Siglo XX, p. 9
[4] SAGAN, Carl; Cosmos, Video y libro”, Bogotá, Planeta, 1987, Cap. 13
[5] Cfr. JASPERS, Karl; La idea de Universidad, Buenos Aires, Suramericana, Sin fecha.
[6] KUHN, Thomas; La estructura de las revoluciones científicas, México,1975
[7] Hanna Arent, afirma que “la condición humana consiste en que el hombre sea un ser condicionado para el que todo, dado o hecho por él, se convierte en una condición de su posterior existencia”. ARENT, Hanna; La condición Humana, Barcelona, Paidós, 1993, p. 166
[8] Ética y Educación; Resolución sobre el tema valores en la enseñanza pública, 32ª Asamblea de la Conferencia Mundial de Organizaciones de Profesionales de la Enseñanza, Numeral 15. Santa Fe de Bogotá, Magisterio, 1992. P.137
[9] Cfs. HEISENBERG, Werner; La imagen de la naturaleza en la física actual, Barcelona, Orbis, 1985. Así como: CAPRA, Frijof; El Tao de la Física, Málaga, España, Sirio, 1995
[10] BRONOWSKY, Jacob; “El ascenso del Hombre”, Fondo Educativo Interamericano, Bogotá, p. 353
[11] MONOD, Jacques; El azar y la necesidad, Barcelona, Orbis, 1986, p.165 (resaltado nuestro)
[12] HORKHEIMER, Max; Anhelo de Justicia, Madrid, Trotta, 2001
[13] Cfs. MARCUSE; El Hombre Unidimensional, Barcelona, Seix Barral, 1981
[14] Cfs. HABERMAS, Ciencia y técnica como ideología, Madrid, Tecnos, 2001
[15] Op. Cit. MARCUSE p. 222
[16] ADORNO, Teodoro; Sobre la lógica en las ciencias sociales, en MARDONES, José María, Filosofía de las ciencias humanas y sociales, Barcelona, Anthropos, 1991. p 330-347
[17] REALE Y ANTISERI, Historia del pensamiento filosófico y científico, Barcelona, Herder, 1995, p. 337
[18]SAGAN, Carl, El mundo y sus demonios, Bogotá, Planeta, 1997. p.27
[19] Op Cit, BRONOWSKY, P. 374. Es importante resaltar que Bornowski, al igual que Adorno y Horkheimer, era de ascendencia judía y que muchos de sus familiares murieron víctimas del nazismo precisamente allí en Auschwitz.
[20] Es necesario recordar que en el dintel de la ciencia y de la filosofía moderna está la duda metódica de René Descartes.
[21] Utilizamos aquí el nombre del libro de Edgar Morin, que recoge una serie de intervenciones de éste sobre el tema en cuestión.
[22] Op. Cit. SAGAN, Carl; “El mundo y sus demonios”, p.57
[23] Para una discusión interesante en la cual Carl Sagan refuta la idea de antropocentrismo se
puede consultar: Un Punto Azul Pálido. Barcelona, Planeta, 1996. Cap. 2, 3, 4
[24]LOVELOCK, James; Gaia Una nueva visión de la vida sobre la tierra, Barcelona, Orbis, 1985. p.130
BIBLIOGRAFÍA
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